domingo, 11 de noviembre de 2012

Lectura Reflexiva para Representantes y docentes.Extraida del libro: "Parábolas para educar" de Antonio Pérez Esclarín

         

¡UN ERROR AFORTUNADO!
En el salón de clase había dos estudiantes que tenían el mismo apellido:
Urdaneta. Uno de los Urdaneta, el más pequeño, tenía un comportamiento fuera de lo común era: indisciplinado, poco aplicado en sus estudios, buscador
de pleitos. El otro Urdaneta, en cambio, era un estudiante ejemplar.
Tras la reunión de representantes, una señora de modales muy finos se
presentó a la maestra como la mamá de Urdaneta. Creyendo que se trataba de la
mamá del estudiante  aplicado, la maestra se deshizo en alabanzas y felicitaciones y repitió varias veces que era un verdadero placer tener a su hijo en el salón de clases.
A la mañana siguiente, el Urdaneta revoltoso llegó muy temprano al colegio
y fue directo en busca de su maestra. Cuando la encontró, le dijo casi entre
lágrimas: “Muchas gracias por haberle dicho a mi mamá que yo era uno de sus
 preferidos y que era un placer tenerme en su clase. ¡Con qué alegría me
lo decía mamá! ¡Qué feliz estaba! Ya sé que hasta ahora no he sido bueno, pero
desde ahora lo voy a ser”
La maestra cayó en  cuenta de su error pero no dijo nada. Sólo sonrió
. El pequeño Urdaneta cambió totalmente desde entonces.
Las expectativas que abrigamos hacia una persona se las comunicamos, y es probable que se conviertan en realidad.  Las expectativas, positivas o
negativas, influyen mucho en las personas con las que nos relacionamos. De ahí
la importancia de tener expectativas positivas de nuestros estudiantes e hijos. La capacidad de aceptar a los otros como son, y no como quisiéramos que fueran, y de comunicarles dicha aceptación mediante palabras o gestos, es tal vez la principal herramienta para producir cambios positivos en el crecimiento y desarrollo de la persona.
Diferentes tests e investigaciones de Rosenthal han demostrado que las
expectativas de los maestros y padres  constituyen uno de los factores más poderosos en su rendimiento escolar . Si se  tienen expectativas positivas,
se les comunican y colabora en el proceso de enseñanza aprendizaje se logra que estos avancen. Lo mismo si son negativas. Si se está convencido de que sus  estudiantes e hijos, son incapaces, los vuelve incapaces. Como dice Fernando Savater: “Si piensas que tu estudiante o hijo es un idiota, si en realidad no lo es, pronto lo será”.
Si, por lo contrario, el maestro está convencido de que tiene en su salón un grupo de triunfadores, los vuelve triunfadores. Si el maestro tiene una autoestima positiva, valora su trabajo y se encuentra a gusto consigo mismo, la comunica a sus  estudiantes. Por el contrario, el maestro amargado, sin entusiasmo ni ilusión, cubre toda la acción educativa con un manto de pesimismo y frena el aprendizaje.
Evita toda palabra, gesto u opinión ofensiva. (“Eres un inútil; no sabes
nada; mal, como siempre...”) Subraya siempre lo positivo, y sobre todo, no dejes
nunca de querer a tus estudiantes e hijos. Quererlos no es alcahuetearlos ni
abrumarlos con ilusorias expectativas que les lleven a imaginar que son el ombligo
del mundo. Quererlos supone interesarse por ellos, por su crecimiento
y su desarrollo integral, alegrarse de sus éxitos aunque sean pequeños y parciales
y, sobre todo, nunca perder la fe ni la esperanza.

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